José Manuel García Marín

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Sobre La diosa de barro

Feria del libro. Córdoba, 23/04/2006

 

 

 

LA DIOSA DE BARRO

Con «La Diosa de Barro», publicada por Roca Editorial, José Vicente Pascual suma un título más de los dedicados a la novela histórica, dentro de su propia obra. Obra que, por cierto, ha sido galardonada en numerosas ocasiones con importantes premios, entre los que hay que destacar: el Azorín, en 1989, el premio Café Gijón, en 1993 o el de la Fundación Alfonso XIII, en 1995. Narrador, novelista, articulista... su «curriculum» es tan extenso que, si continuáramos, se nos agotaría el tiempo de que disponemos sin hablar de la novela que hoy presentamos. Bástenos saber que, además de colaborar con otras publicaciones y periódicos, lleva diez años como columnista del periódico Ideal de Granada y que su prestigiosa labor literaria es tan reconocida, que la Academia de las Buenas Letras de Granada lo cuenta entre sus miembros.

En «La Diosa de Barro», la clave del momento, que está situado en la Hispania todavía no acabada de romanizar, nos la da la cita de Flaubert que el autor ha querido que vaya al principio del libro: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento en la Historia, único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre.»

Ubicados en ese punto, con un comienzo digno de una epopeya, José Vicente nos describe un mundo en el que el hombre está solo, donde el único dios es un hombre, el emperador; un poder, Roma; una virtud: servir a la civilización; y unos valores: la lealtad, la valentía, el honor... y el amor que nos redime de esa condición errante, solitaria en el universo, y nos devuelve nuestra dimensión más humana. En realidad el hombre no está solo porque puede amar y, en virtud del amor, perpetuarse como verdadero centro de todo lo que existe. Acaso, por ello, sea otra razón al título, esta vez menos obvia, que la que se nos ofrece en el relato.

A partir de aquí y en torno al protagonista, Silio Cneio, protegido de la muerte que pudieran darle otros hombres, por el soplo divino de una profecía de su madre, no crea y desarrolla el argumento, sino que lo teje en trama de sabrosa urdimbre. De manera que quedamos atrapados en el mismo centro del escenario, entre birremes romanas, o en tupidos bosques por los que las ardillas recorrían la península con sus patas inmaculadas de tierra; en poblados primitivos, humeantes, del norte, o en Abdera, la vieja Adra, en Axi (Almuñécar) o en Astorga, entonces Astúrica Augusta; con los elementos de fondo exquisitamente cuidados: la gastronomía, el célebre «garum» -aquella salmuera de pescado-, delicioso al paladar romano; el vino de Murgi, la vestimenta de pieles de los mercenarios, las armas, etc., que son esos aparentes pequeños detalles que dan vida a una novela y que permiten que sintamos el salado viento del «Mare Nostrum» en plena cara.

«La Diosa de Barro» sostiene un ritmo que no es trepidante ni tiene por qué serlo. Es el necesario: el del pulso de los hombres, el nuestro. Así, se mantiene palpitante, de forma que no languidece, en todo el transcurso de la narración.

Con el latido en ese pulso, los personajes son nítidos, vibrantes, verosímiles por orgánicos... están vivos. Yo no los calificaría de arquetipos, pero sí de caracteres que ocupan mentalidades asentadas en distintas direcciones, como en la vida; de tal manera que, estas diferencias de actitud y de pensamiento, aderezan y enriquecen el «cocimiento» de la novela.

Por trazar un ligero perfil de algunos de ellos, señalaré a:

Elvio.- Es el diplomático, amante de los griegos, seducido por su poesía. Pero, ¿es un cínico?, ¿un cantor?, ¿o ambas cosas?

Qai Cneio.- El hábil y rico mercader, que sabe aprovechar los certeros vaticinios de su hija, madre de Silio, su nieto.

Oresán.- Encarna al guerrero infatigable, curtido en mil batallas, al maestro, jefe de guerra de mercenarios al servicio de Roma.

Maharbal, el Taciturno.- Un personaje oscuro, tenebroso, inquietante y con un extraño influjo en la existencia de Silio.

Sofonisba.- Representa la belleza, la dulzura del amor, niveladora del rigor, de la crudeza, de la vida del guerrero que ha elegido ser el protagonista.

Silio Cneio.- Es el personaje principal. Actor, espectador y narrador de la acción. Nos describe lo que ve y lo que hay en su consciente, pero dejando entrever el inconsciente del personaje humano, con sus inseguridades, contradicciones, y los impulsos que lo motivan, bajo la capa de sabiduría del protagonista, ya anciano. A través de este prisma, contemplamos la transformación del niño al joven, de éste al hombre, al guerrero, que mata sin saña, con la furia contenida en una suerte de honorable lealtad al adversario; y, finalmente, al venerable, con su destino cumplido.

 

José Vicente Pascual se declara discípulo de Mujica Laínez, y éste, de vivir, con seguridad lo consideraría su mejor epígono. Ambos comparten la virtud de retozar, de deslizarse por el borde de la erudición sin jamás caer en ella, ni despojarnos del placer literario. No me resisto a leerles un breve párrafo de «La Diosa de Barro», como muestra de lo dicho:  

«Fue una revelación, así lo creo..., la súbita llamada de un pasado tan remoto que hasta ese mismo día yo lo mantuve en el olvido: la pasión de mi madre, adivina de Abdera, y del hom­bre que la poseyó entre sombras, con el sigilo de quien enco­mienda el azar de sus amores al espectro de la luna menguan­te, y el frenesí de caricias y silencio en el que fui engendrado, un gran banquete de palabras nunca dichas, un gozo cegador oculto en el seno de la mujer que me traería al mundo. Aquel destello había permanecido en mí furtivo, agazapado, incógni­to como veneros por los que manan fúlgidos metales bajo el nicho de la madre tierra. Y en un instante, un parpadeo fugaz entre la ignorancia y el desvelamiento, lo supe: cierto, yo nunca moriría por la espada, pero sólo entonces comprendí que ha­bía nacido para la guerra, sí, y también para amar a aquella jo­ven que permanecía inconmovible, como una diosa entre fieles sumisos, mientras la vieja alcahueta chillona iba declamando las virtudes de su hermosura.»

Y es que su prosa es fluida, culta, pero próxima. Las palabras han sido minuciosamente elegidas con el objetivo de facilitar la visión de un hecho, de un panorama o la comprensión de una reflexión profunda que, sin embargo, no pesa porque la hace cabalgar sobre dos airosos corceles, que tiene bien domados: el de la agilidad y el de la belleza.

Para quienes no conozcan la obra de José Vicente, tengo que advertirles de un peligro: no se regresa de una novela suya impunes, inmunes o salvos, de que se nos despierte el deseo o, más bien, la urgente necesidad de leer toda su obra. Créanme, yo mismo soy una de sus incondicionales víctimas. Advertidos están.

Córdoba, 23/04/2006

24/04/2006 20:00 Autor: ladiosadebarro. #. Tema: Opiniones.


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